Son muchos los prejuicios acumulados en torno a la Metafísica, que son invocados para proclamar su abolición. El error se originó de una mala lectura de su nombre; se tomó su etimología para descalificarla, acusándola de ocuparse de lo no observable, de lo que está fuera del Mundo Físico. Favoreció la confusión el predominio medieval del neoplatonismo y del exceso especulativo. Pero no es verdad que lo metafísico sea lo contrario de lo físico, de lo concreto.
Fue Andrónico de Rodas quien generó involuntariamente ese nombre, al emplear la frase Βιβλία Μετά Φυσική («los libros después de la Física») para reunir y acomodar los textos de Aristóteles que no tenían título y que abordaban las cuestiones más generales del filosofar. El pensador de Estagira los llamaba «filosofía primera», «saber buscado», «conocimiento de lo general». Al traducirse la designación del griego al latín se compactó en el término Metaphysica y así se conservó, rodeado por la atmósfera especulativa de la Edad Media. El desarrollo del quehacer científico terminó por hacerla blanco de su crítica. El Positivismo, Marx y el Historicismo, culminaron en el siglo XIX esta tarea descalificadora, al oponerla a la Ciencia.
Si retomamos el realismo aristotélico y evitamos los prejuicios construidos en torno a la Metafísica, recuperaremos su sentido originario como la visión más amplia de la realidad que un pensador propone, su interpretación de conjunto del conocimiento, con independencia de si es materialista o idealista, basado en la síntesis de la experiencia, en los alcances de la razón o en ambos. Las categorías empleadas para esa síntesis varían según la orientación del filósofo: entes, substancias, mónadas, cuerpos, átomos, estructuras, causas. Por eso encontramos Metafísica en Parménides, al igual que en Heráclito, en Demócrito y en Spinoza, entre muchos otros.